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Anna Wintour es una marca en sí misma. Un ejemplo de persona-personaje, en el buen sentido de este binomio de palabras, que ha conseguido a lo largo de sus 25 años al frente de una revista como Vogue en Estados Unidos construir alrededor de su nombre toda una asociación de valores que, con connotaciones mejores o peores, no deja a su paso indiferente a nadie.

Señalada con el dedo por su carácter distante, implacable y perfeccionista, esta mujer de negocios cuenta con ese olfato reservado a un reducido grupo de personas capaz de detectar el mejor camino para conducir las cosas y hacer que funcionen. No es casualidad que alguien con peso dentro del mundo de la moda y buena conocedora de la editora como es la diseñadora Diane von Fürstenberg la definiese así: “Anna Wintour: Ella simplemente hace que las cosas pasen”.

Y ese aplomo, esa seguridad en su propia persona ha sido una nota destacada de su carácter desde sus comienzos. Lo fue cuando decidió dar la espalda a la universidad -con lo que supone comunicar una noticia así en el seno de una familia en la que la madre imparte clases en Harvard- y apostar por la moda con el único convencimiento de que de eso, ella sabía.

La maquinaria Anna Wintour (Londres, 1949) comenzó así funcionar y tras varias escalas por diferentes puestos en empresas como Harrods o publicaciones como Harper’s & Queen, Savvy o la edición británica de Vogue puso rumbo a Nueva York para tomar las riendas de esta última cabecera. Un camino en el que esfuerzo y personalidad han ido empastando hasta dar con una fórmula que rompe con el clásico dicho de que en los negocios “nadie es indispensable”.

En el caso de Wintour la realidad, al menos por ahora no ha sido así, y la dirección de la editorial Condé Nast, en la que se integra Vogue no ha dudado en blindar la permanencia de esta mujer en sus filas ampliando su poder dentro del grupo al nombrarla directora artística de este entramado de publicaciones, en las que figuran cabeceras de referencia -un total de dieciocho- como The New Yorker o Vanity Fair.

Los resultados desde su entrada al grupo editorial, en un puesto definido por ella misma como el de “una consultora de una sola persona”, no se han hecho esperar avalando la estela de liderazgo y personalidad que acompañan hasta la fecha al sello Wintour.

Su imagen casi inalterable desde hace años, ese corte de media melena, liso extremo y gafas de sol, son un identificativo, el packaging de una marca personal que junto a las pinceladas de su carácter han reservado para ella una silla en la primera fila del negocio de la moda. Y los matices en torno a su persona crecen con diretes en corrillos que señalan cosas como que usa las gafas para evitar, especialmente en los desfiles, que sus gestos la delaten y pueda poner así en jaque a diseñadores o a la prensa especializada, que es capaz de hundir o llevar al cielo una colección o que sus palabras bastan para promover fichajes en las casas de moda más punteras por su confianza en uno u otro creador.

Los golpes de efecto de Anna Wintour

Pero en el poder no es oro todo lo que reluce y Anna Wintour lo ha vivido en su máximo esplendor con la publicación y posterior puesta en escena del libro escrito por una antigua asistente que trabajó con ella, Lauren Weisberger, en la obra El diablo viste de Prada. Un “demonio” astuto que protagonizó en la gran pantalla Meryl Streep, señalando entre ficción y realidad hacia la editora. Pese al carácter de infarto que la dibujaba, Wintour salió bien parada siguiendo con su política de valoraciones cero respecto al contenido de la obra pero acudiendo al estreno de la película, como no, vestida de Prada.

Buscar datos sobre ella saca a la luz cientos de adjetivos y definiciones sobre su persona: trabajólica, estratega, brillante, narcisista, distante, poco empática, The Guardian la bautizó como “la alcaldesa no oficial de Nueva York”. Una mezcla de temperamento, una parte genética heredada de un padre con arrojo impulsor de periódicos como Evening Standard y un carácter forjado en un ambiente familiar emprendedor que, junto a su intenso recorrido por diferentes escenarios más que competitivos, la han llevado a convertirse en un icono capaz de plantar cara a diseñadores de trayectoria internacional como Armani o incluso impulsar campañas políticas como la del presidente Obama.

A lo bueno y a lo malo que dicen sobre ella, Wintour comenta poco y lo poco que dice se concentra en frases de efecto como la siguiente : “Soy realmente competitiva. Me gustan las personas que representan lo mejor en lo que hacen y si eso te convierte en una perfeccionista, entonces lo soy”.

Imágenes con Licencia Creative Commons: The cardinal de la ville