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Dicen que el amor hay que regarlo a diario y sorprenderlo, aunque sea de vez en cuando para que el ritmo frenético del día a día no acabe por noquearlo. En el ámbito de las empresas esta máxima es bastante similar con el añadido de que las marcas están tremendamente expuestas a una competencia voraz en la que el riesgo de infidelidad o de ruptura estrepitosa acecha muy de cerca complicando las relaciones.

Ante un escenario tan movedizo y cambiante, en el que internet no ha hecho más que abrir una puerta a las comparaciones y a la búsqueda de nuevas posibilidades, a las firmas no les queda otra que tomar nota y enamorar a diario a sus clientes para huir del ser “la otra” y llorar por lo que pudo haber sido y no fue.

¿Qué aspectos deben cuidar las empresas para mantener la chispa en sus clientes?

La mayoría de los psicólogos coinciden en destacar que el sentirse desatendido en una relación figura entre las principales causas de infidelidad. Mirando hacia la empresa, la realidad no es muy distinta, de ahí la necesidad de cuidar con mimo a cada cliente haciéndole sentir único y especial.

La comunicación fluida en los departamentos de atención al usuario, ya sean físicos o virtuales, la proximidad a la hora de atender las dudas que puedan surgir en los procesos de compra a través de un eCommerce, por ejemplo o la contestación amable cuando las aguas bajen revueltas por un crítica en una red social es clave para evitar que los clientes busquen, comparen y al encontrar algo mejor acaben por decirte Ciao.

La rutina es otro de los males del amor. Así que sorprender y ofrecer algo diferente al usuario es un punto importante para ganarse su corazoncito. Brindar contenidos que tengan una utilidad clara para quienes los reciben, regalos o promociones que reconozcan el valor que la empresa concede a sus clientes más fieles son parte de esa lista de acciones que harán que las relaciones se fortalezcan.

Sin perder de vista el punto anterior, esa atención debe ser percibida de forma desinteresada. Y es que los gestos lo son todo y si los guiños amables llegan acompañados de la etiqueta “cómprame” la magia del momento se habrá roto y con ella el valor que se concede a los detalles que caracterizan a las relaciones más saludables y duraderas.

Conservar la esencia que hizo que la otra parte del tándem se fijase en tu empresa es vital. Algo que obliga a las enseñas a mantener firmes aspectos como su identidad, los valores que atrajeron hacia ella a un público concreto, que la hacen reconocible y elegible frente a otras marcas. Y llegados a este punto contar con unas estrategias de comunicación bien trazadas es muy importante para que a Cupido no se le vaya la fecha para otro lado.

Tener esta premisa bien clara es fundamental, más ante determinadas crisis de identidad que a causa de los años o de los envites de las nuevas generaciones terminan por hacer a muchas empresas perder el norte: tirando precios, bajando calidades o buscando amor en otros públicos, que acaban por dinamitar la estabilidad valorada por sus sólidos clientes invitándoles a buscar mejor compañía en otras siglas que tengan las cosas más claras.

La mentira o las verdades a medias dinamitan la confianza en una relación y terminan por llevar a muchos a los brazos de otras firmas más sinceras. En una etapa como la actual, en la que internet ha abierto en canal las vías para informarse, las empresas deben ser aún más transparentes y ofrecer al cliente muchos más datos que le hagan sentirse cómodo y seguro en las relaciones de compra, facilitándole datos sobre producto, fabricación, profesionales de la empresa….

Y por último, las mercantiles deben introducir cambios de forma constante motivadas por iniciativa propia, con el objetivo de sorprender, de ser mejores y de contar con un valor añadido y diferencial que aporte más alicientes a sus relaciones. Esta actualización periódica en parcelas como el diseño, las técnicas de atención al usuario, nuevas tecnologías… demuestra interés y no apatía. Una forma, en definitiva de no moverse a rebufo de los otros, de no ir incorporando avances cuando ya han dejado de serlos, y acabar lamentando haber empujado a ese apreciado cliente a los brazos de la competencia.

 

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