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Cuando alguien recibe un premio Nobel raramente pone trabas a los motivos por los que le ha sido otorgado dicho galardón y sin embargo, el estilo inherente a Doris Lessing le hizo preguntarse por qué la razón tuvo que estar relacionada con ser transmisora de la “épica femenina” y no de cualquier género. Igualmente, tampoco prestó demasiada importancia a este asunto. En realidad, parecía indiferente ante el hecho de que le otorgasen el de Literatura en 2007. También, le resbalaban los comentarios negativos de los críticos como cuando se dedicó a escribir una pentalogía de ciencia-ficción porque se divertía con el proceso.

Y es que la dureza de una de las escritoras más relevantes del siglo XX atraviesa con entereza todos los campos de su vida para mostrarnos un personaje que no se dejó encasillar en ninguna etiqueta y que huyó de los convencionalismos. Todo ello bailado junto a una ácida y continua crítica del status quo y de las ideologías que nunca dejó de acompañarla. La intelectual incómoda que exploraba las contradicciones de la existencia.

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Una maleta con un manuscrito

Su vida comenzó siendo difícil desde el principio (nació en 1919 en la antigua Persia, hoy Irán) y de ahí, quizá, esa piedra que parecía contenerla por dentro. En su infancia ya se sentía muy consciente de lo que pasaba alrededor, con un madre que ansiaba ocupar un papel social al que nunca podría acceder, Doris se repetía que no quería ser como ella. A los 14 años dejó la enseñanza oficial en Rhodesia (actualmente Zimbaue) donde vivía y se dedicó a varios empleos mientras comenzaba a experimentar con la literatura.

Después de dos matrimonios fallidos cogió su maleta y al pequeño de sus tres vástagos, fruto de su último marido, y lo abandonó todo (incluidos esposo-del que se divorció- y dos hijos) en busca de una vida mejor. Aterrizó en la Inglaterra de la posguerra con 36 años mientras que en su maleta seguían respirando las hojas que componían el manuscrito de su primera novela. Según dijo años después, se marchó porque no quería desperdiciar su intelecto en la sola labor de ser madre.

Desde entonces hasta su muerte el pasado 2013 a los 94 años sus aportaciones al universo de la literatura han sido continuas. Una actividad febril que apenas ha dejado aparcada en algún momento (durante un año se propuso no escribir, una experiencia que le desagradó) y que ha proporcionado títulos de gran calado entre los que se encuentran las críticas sociales de sus primeros textos como “Canta a la hierba” o la serie “Hijos de la violencia”, además de “El buen terrorista”, “El quinto hijo” o el más célebre de todos ellos “El cuaderno dorado”.

 

Las contraidiologías

[blockquote]He estado siempre en el borde, observando, deslizándome hacia la salida; detesto pertenecer… [/blockquote]

Desde esa postura parece que toda la vida de Doris Lessing fue una conversión continua y una revisión constante de sí misma. Lo que Rosa Montero definió en una entrevista realizada en 1997 como una especie de exploradora de la existencia, una pionera que camina delante. Un lugar desde el que analizó y reflexionó sobre el comunismo que primero abrazó y del que después renegó. De hecho llegó a decir que hacerse comunista fue el acto más neurótico de toda su vida. Pero, además, negaba todas las etiquetas posibles, incluso de la de feminista. Investigó los recovecos del pensamiento y reflexionó sobre todo aquello que afectaba al ser humano y sus contradicciones, asomándose a todo pero desde la reescritura constante de su propio hilo existencial.

 

Doris Lessing
 

“El cuaderno dorado” (1962)

La revista Time incluyó en su lista de las cien mejores novelas publicadas desde 1923 (año en el que empezó su actividad este magazine) “El cuaderno dorado”. Y es que los ejemplares volaban de mano en mano durante aquellos años sesenta en los que las ideas feministas comenzaban a abrirse paso. Se convirtió en un texto clave en las luchas en pro de los derechos de las mujeres y resultó determinante para aquella generación de lectoras, lectores, escritores y escritoras, pero también para muchas de las que siguieron.

El libro, considerado también como obra cumbre de la narrativa fragmentaria posmoderna, recoge los cuatro diarios del personaje de Anna Wulf, una escritora comunista divorciada que trata de segmentar su vida para luego unirla en el último diario: El Cuaderno dorado. La historia, lejos de adentrarse solamente en el papel de la mujer en la sociedad, contiene además críticas a las guerras y al estalinismo. Eso representó la ruptura total de Doris Lessing con el comunismo. Hasta entonces había sido considerada como el referente de la novela de extrema izquierda anglosajona.

 

El experimento Jane Somers

También criticó duramente a la industria editorial pero no lo hizo con palabras, sino con un experimento. Bajo el nombre de Jane Somers presentó dos obras (“Si la vejez pudiera” y “Los diarios de Jane Somers”) a sus editores habituales, haciéndose pasar por una escritora novel. Los trabajos fueron rechazados y cuando consiguió publicarlos fueron prácticamente obviados por la crítica y los lectores. Apenas sí vendió ejemplares.

Tras aquello, Lessing hizo pública la autoría de su experimento y la intención: mostrar las dificultades de los autores noveles. Una manera de señalar con el dedo los funcionamientos de un sector en el que la calidad y el talento muchas veces pierden en detrimento de los nombres de éxito.