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El precio de las palabras se cotiza a la baja. Términos como SEO, tráfico y conversiones se han impuesto a los argumentos de los profesionales del periodismo y la escritura haciendo que cada vez cueste más defender que la calidad de las composiciones debe atender a un abanico más amplio de factores y debe respetarse.

Una vuelta por Internet saca a la superficie el suburbio en el que algunos portales de intermediarios se han empeñado en ahogar a la profesión. Espacios en los que múltiples empresas, muchas de ellas multinacionales, transitan para rascar céntimos pidiendo a los autores creaciones inéditas por cantidades de vergüenza.

Las asociaciones de la prensa y los profesionales han comenzado a armarse contra estas prácticas, pero la lucha es compleja. Twitter, con su ritmo vertiginoso de interacciones, se ha convertido en una plataforma activa para las denuncias contra este tipo de abusos, con ejemplos como #gratisnotrabajo. Gracias a estos altavoces y a las reivindicaciones de profesionales que han sacado a la luz, sin esconder sus nombres y apellidos, las malas prácticas de algunos, se ha conseguido que conocidos portales de empleo recularan en su anuncio de proposiciones más que indecentes y las retirasen de sus escaparates.

Con tarifas que no superan, en la mayoría de los casos, los tres euros por unas trescientas palabras, los intermediarios se valen de la crisis para arrebatar el esfuerzo y hasta el nombre a los profesionales fomentando la venta de artículos a terceros, que bien conocedores de la realidad,  estampan su nombre en los textos y se exhiben como autores sin ningún tipo de miramiento.

Las exigencias y penalizaciones de los buscadores dando mayor valor a la calidad de los escritos, como herramienta para mejorar el posicionamiento, tampoco parecen estar dibujando otro escenario. Las reglas del juego pueden haber cambiado, pero no el reparto de las cartas con las que las empresas quieren jugar. Una baraja en la que el periodismo sigue llevándose la peor parte certificando una fase de destierro, en la que el contenido ¡ya no es el rey!.