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Serie de artículos: El mapamundi del trabajo

Texto de Abel Navarro Alejandre

Llegué a Brasil en 2011 y desde entonces he tenido la fortuna de haber vivido en tres ciudades diferentes y conocer gran parte del gigante latinoamericano.

Campinas está localizada en el interior de São Paulo a una hora en coche. Es una ciudad industrial muy desarrollada y cuenta con tecnología puntera en investigación. La UNICAMP es una de las mejores universidades de Latinoamérica y grandes empresas de todo el mundo se reúnen en esta ciudad de un millón de habitantes.

Un año después me aventuré a vivir en São Paulo. La capital financiera y motor económico del país y un monstruo de dimensiones inabarcables. Edificios empresariales, helicópteros, grafitis y tráfico se mezclan en una amalgama de nubes, contaminación y lluvia. Existe una gran diversidad en oferta de ocio cultural, gastronómico y de negocios.

Niteroi, Rio de Janeiro, donde trabajo ahora
Niteroi, Rio de Janeiro.  Museo de arte moderna del gran arquitecto fallecido Oscar Neimayer

Ahora vivo en la hermosa Rio de Janeiro, una maravilla engendrada por una exuberante naturaleza y de una belleza indescriptible. Se vuelca casi exclusivamente por y para el turismo. Playas, gimnasios, tiendas de ropa y mercados repletos de souvenirs se mezclan en el centro financiero de la ciudad casi sin sentido. El calor y sus gentes hacen del lugar algo diferente a lo que viví en el sureste del país.

Por eso y por otros múltiples factores resulta muy complejo definir y englobar en un texto la idiosincrasia del trabajador brasileño. No son pocos los académicos que creen que Brasil desde su formación como nación se trata de un país multicultural y eso es reseñable a la hora de escribir sobre el trabajo. Ciertos comentarios y sobre todo bromas y chistes señalan a los baianos como personas muy tranquilas y poco eficientes en el trabajo. Pero intentaré analizar muy superficialmente lo que pude vivir y me basaré en mis experiencias y visión ibérica del trabajo.

En Campinas estuve rodeado de personas que trabajaban en el ámbito académico, profesores, alumnos, investigadores y científicos de casi cualquier área. Tengo que destacar que la burocracia y la administración no es el fuerte de los brasileños. Ni por parte de los órganos académicos ni legislativos. La policía federal brasileña es lenta e ineficiente, y los organismos académicos extremadamente lentos y desinformados. Hacer cualquier documento en una entidad publica brasileña es una auténtica odisea digna de ser contada. No conozco a ‘nadie’ que no haya tenido algún tipo de problema, demora o error en la documentación. La desorganización y falta de información de los trabajadores es alarmante. No les importa hacerte esperar y en el caso de la policía el trato personal es nefasto, cosa que no es normal en el día a día del pueblo brasileño. Esto ocurre en las tres ciudades citadas e imagino que en el resto del país.

Los profesores universitarios tienen la misma carga de trabajo e inclusive más que la de los españoles, pero los diferencia la cercanía y accesibilidad con el alumno o cualquiera que quiera contactar con ellos. En este ámbito Brasil gana por goleada a España con profesionales muy bien formados que dominan a la perfección varias lenguas y trabajan codo con codo con personas de todo el mundo. Está siendo una de las experiencias más positivas que me llevo de mi estadía en Brasil. Son excelentes profesionales en el ámbito académico por mucho que dejen los trabajos y entregas para el día anterior. Por eso mismo también suelen ser flexibles a la hora de exigir. La puntualidad es algo diferente a lo que entendemos en España y es uno de los puntos más laxos junto a poder comer en el aula o trabajo y la postura corporal en clase. Muy relajado todo pero siempre enfocado a que el saber no tiene por que ser rígido, duro y pesado.

Tres tipos de trabajadores

En São Paulo, trabajé como profesor de español. Y según mis vivencias se pueden distinguir principalmente tres tipos de trabajadores: los grandes empresarios, los que trabajan para las grandes empresas y el resto de trabajadores que dan servicio a la ciudad.

La floresta da Tijuca, en Rio
La floresta da Tijuca, en Rio

El primer grupo son los jefes que dominan la ciudad y por lo tanto la economía del país en gran parte. Son iguales en todo el mundo, agendas repletas, con el móvil sonando a todas horas y sin tiempo apenas para comer. Amasan grandes fortunas y se mueven en helicóptero para evitar el tráfico.

Esta ciudad tiene una oferta de empleo gigantesca y son muchos los que trabajan para grandes corporaciones multinacionales con salarios muy altos que les permiten a la larga disfrutar del poco tiempo que les queda del ocio que late en la gigante gris. Trabajan mucho, son eficientes y muy preparados, la mayoría con posgrados y estudios de idiomas certificados. Provienen de todas partes del país y no son pocos los extranjeros que acaban viviendo en esta mole de cemento.

Los trabajadores que prestan servicios son los que generalmente viven en el extrarradio de la ciudad guetos o favelas. Ganan muy poco (el salario mínimo es de 233 € y los alquileres rondan los precios de una ciudad como Alicante, los barrios nobles están reservados a grandes empresarios), trabajan a desgana y mal pero pocas veces pierden el humor o la sonrisa. Generalmente son muy educados con el cliente y a pesar de todo tienen buena disposición. La mayoría son inmigrantes del nordeste del país una zona extremadamente pobre del país.

En Rio de Janeiro la playa y la naturaleza se imponen como razón de ser. El orgullo carioca y la forma de entender la vida de sus habitantes impera en todas las capas sociales. Los grandes empresarios trabajan a destajo en una ciudad de playa y muchísimo calor. Los trabajadores de las empresas dan la sensación de resignarse a la dictadura de las que los contratan. Los salarios son mucho menores y la oferta de empleo también. Todo se lo lleva el sector servicios y son las favelas y las zonas periféricas que dan esa mano de obra barata para servir a sus ciudadanos y una ingente cantidad de extranjeros que pululan por la ciudad gastando y disfrutando.

Brasil como país tiene una gran tradición sindicalista. Tanto es así que el actual gobierno de Dilma PT Partido dos Trabalhadores fundado por Lula, un gran sindicalista que supo lidiar con los grandes presidentes del mundo y una economía global.

Paseas por estas ciudades y puedes ver dos barrenderos parados en frente de una televisión sin hacer su trabajo para ver el fútbol, o ver a tres operarios en un boquete en medio de la acera apoyados en la vaya viendo como se desloma el compañero.

Se trabaja de otro modo, más relajado porque quizá simplemente transitar por estas ciudades ya agota. Levantarse cada día antes de que brille el sol para viajar dos horas o mas hacinado como un animal en un transporte viejo y deteriorado y volver cuando el sol ha caído para llegar a casa cenar y dormir unas 6 horas con suerte. Pasar calor o sufrir las inclemencias del tiempo desde primera hora hasta la salida del trabajo. Gastarse el salario en transporte, alimentación y alquiler. Que no te llegue el dinero para más que vivir con lo justo en la periferia. No poder pagar una escuela en condiciones para tus hijos y que apenas aprendan en la pública. Rezar para que no caigan en el narcotráfico, consuman drogas o mueran a manos de una bala perdida o un accidente en un transporte público. O para que no enfermen y tener que acudir a un deficiente y decrépito sistema sanitario. Intentar no ser robado y al fin de cuentas vivir. Creo que son motivos que justifican la falta de eficiencia o interés en el trabajo. Samba, fútbol y cerveza es lo que les da una alegría que a pesar de todo no se les quita. Esa libertad de los trabajadores de ser felices y vivir. Hace no tanto que fueron esclavos y ahora simplemente quieren disfrutar de un país maravilloso.

Abel Navarro Alejandre

Periodista, web designer e investigador del Laboratorio de Experimentação Estética e direção de Arte (Aesthesis) de la Universidade Federal Fluminense UFF. Becado por la agencia financiadora CAPES.