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Cuando Dios te da un don, también te da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse. Con esta frase, Truman Capote arrojaba un poco de luz sobre el convulso mundo interior en el que han vivido inmersos muchos de los grandes nombres de la escritura y al que seguro hacen frente otros tantos cultivadores anónimos de palabras. Un agitado universo paralelo al real en el que nacen, crecen y mueren los personajes de relatos, ensayos y novelas compartiendo con sus creadores el peso de la intensidad o la banalidad de sus vidas.

Recorrer las biografías de algunos de estos genios de las palabras saca a la superficie esa especie de peaje que muchos de ellos han pagado por el preciado don de la creatividad, del ingenio, de la sensibilidad para plasmar en sus libros otras vidas ficticias capaces de aflorar en los lectores enfados, risas o lágrimas.

El caso de Truman Capote es un ejemplo de esta carga añadida con la que afrontó cada uno de los días de su vida. Tenía un don, un talento para las letras que desde muy joven le hacía especial y que desde el momento en que fue consciente de él comenzó también a atormentarle. Una personalidad que, como si de una montaña rusa se tratase, le subió a las dulces cimas del éxito para después sumergirle en los miedos de la rareza, la incomprensión, la crítica y el temor a su propia persona hasta hacerle rebelarse de forma punzante contra su entorno y desarrollar todo tipo de manías como tener pavor a empezar o acabar una obra en viernes o a ver más de tres cigarrillos consumidos en un cenicero.

La trayectoria vital de Franz Kafka bombea también de una forma lenta y espesa. Este autor checoslovaco fue capaz de idear y dar forma a libros que han pasado a la historia pero incapaz de reconducir su vida y encontrar el camino que le permitiese romper con su tristeza y su necesidad de aislamiento. Tanto como para ser recordado, más allá de sus obras de culto como “El proceso” o “La metamorfosis”, por dar nombre a una dura palabra recogida en el diccionario como es kafkiano. Su melancolía y la angustia vital que arrastró desde su infancia le llevaron a manifestar, incluso el deseo de que su obra se quemara cuando muriera.

En el caso del escritor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski su don también acabó por rebelarse contra él. Otro caso de personalidad extrema que utilizó sus obras para canalizar el bombardeo de preocupaciones y tensiones que acumulaba su mente y que aumentaba su necesidad de huir de la gente. El autor de “Crimen y castigo” acabó desarrollando, según cuentan, una manía persecutoria que le llevó a escribir de manera compulsiva deambulando de un lado a otro en una habitación.

Solitario y también envuelto en una sobredosis de melancolía vivió Edgar Allan Poe. Su historia, no por ser más contada y estudiada en los colegios deja de sorprender por ese peso invisible que el don de la creatividad volvió a jugar en su vida. Poe apostó por habituarse a combinar el consumo de drogas con una mente inquieta como la suya dando como resultado a un hombre hipocondríaco, creador de relatos magníficos pero que no pudo esquivar un desenlace a la altura de sus letras.

Y es que, el escritor de origen americano murió a los 40 años como un vagabundo deambulando por la calle, bajo el impacto de no poder digerir la muerte de su esposa.

Virginia Woolf o Ernest Hemingway cedieron al pulso de sus mentes y fueron los autores del punto final de sus vidas. Dos talentos extremos poseedores también, cada uno a su manera, de ese envenenado don de la creatividad.

En el caso de la combativa escritora nacida en Londres, su vida latió con la intensidad de una infancia rodeada ya de inspiración literaria y las sombras de una enfermedad mental, hoy clasificada como trastorno bipolar. A sus pisadas inestables se sumaron sus serias dificultades para afrontar las críticas y las expectativas que generaban sus obras, hasta acabar llenándose los bolsillos de su abrigo de piedras y lanzándose al río Ouse.

Son seis historias de genios literarios a los que el veneno de la creatividad que circulaba por sus venas acabó por apoderarse de sus vidas. Historias intensas en todos los sentidos que seguirán latiendo en cada una de las palabras que componen cada uno de sus libros.