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Detrás de la lógica, de lo racional, de lo objetivo y lo simétrico hay un camino que se bifurca, en el que sin saber muy bien por qué cada una de esas palabras llenas de argumentos y sentidos se derrumba ante el poder de lo imperfecto. La literatura, el diseño, la estética e incluso la vida se componen de pequeñas piezas con defectos, cuyo magnetismo hace que algo funcione, evoque sentimientos y llegue a arrancar latidos.

En los tiempos que corren, en los que la máxima del más y mejor es la que manda, la vuelta a la serenidad de esas imperfecciones reivindica su espacio y consigue poner en valor la riqueza de las cosas únicas y diferentes plantando cara a las producciones en serie. Así rebrotan corrientes como el Wabi Sabi. Unas palabras llegadas desde Japón para poner en valor la simplicidad de la belleza y la fugacidad de lo natural, que ha dejado su huella en la escritura, la decoración, la cocina o el diseño.

La aceptación, en definitiva, de la vida con todas sus aristas y en una versión que no requiere de demasiados ornamentos.

A quienes solo anhelan que florezcan los cerezos,
¡como me gustaría enseñarles la primavera
que resplandece desde unas matas de hierba verde
en la aldea de montaña cubierta por la nieve!

(Versos escritos por el poeta japonés, Fujiwara Iyetaka)

Bajo este prisma salen a la luz creaciones artísticas como las abanderadas por Casa Fusión, otro de esos proyectos con alma que comenzó a andar allá por 2004 en los que el valor de lo artesanal, con las irregularidades y matices que conlleva son los protagonistas de una forma de crear solo apta para quienes están dispuestos a ver más allá de lo ordenado.

Otros artistas, como es el caso de Hella Jongerius han dado a la imperfección un hueco en la primera línea de sus creaciones y alrededor de esta idea construyó una exposición con el título de Defectuoso. Un apuesta por dejar latir en su obra ese lado más auténtico que representa la artesanía y su integración dentro del diseño industrial.

Y más allá de estos ejemplos se encuentran historias, moralejas o relatos que sobreviven a los años y que ponen en alerta sobre esa línea delicada que separa lo imperfecto de la perfección. Un línea que si se cruza en favor de la primera, de la vida al natural tal y como es, tal vez termine por arañarte por dentro. Ese latido que se esconde tras el conocido mito de Pigmalión en el que el artista, después de moldear la estatua más bella y armoniosa, la proyección de todo lo que quería en su vida lloró y lloró por su estado de piedra. Un vacío que le llevó a rogar y suplicar para que cobrara vida hasta conseguirlo y entender que la más perfecta de las creaciones nunca gana la partida al tiempo obligándole a aceptar la mayor imperfección de la vida, la muerte.

“Este mundo, eternamente imperfecto, imagen, e imagen imperfecta, de una contradicción eterna.”

Nietzsche
Imágenes con Licencia Creative Commons: Daniela Hartmann