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Alex Rey (Alicante, 1981), es un ilustrador y realizador que tiene una marca de cuentos personalizados, Súperchulo, en la que da vida a las historias que multitud de personas le encargan. Algunas son biografías, otras, fantasías de sueños no cumplidos. Y con esta misión por bandera, sin olvidar su faceta de realizador cinematográfico, otro joven demuestra en plena crisis que el talento no siempre está reñido con el éxito profesional. Eso sí, construye su proyecto poco a poco, como una hormiguita, sin dejar su trabajo en un cine durante los fines de semana. Una historia que recuerda al Tarantino que trabajaba en un videoclub. Aunque sus cortometrajes aún no son tan conocidos como los del afamado director, quizá Pop Corn lo cambie todo.

 

¿Cuál es la esencia de tu proyecto como ilustrador?

Súperchulo es un producto que no existía dentro de algo que ya existía. Hasta su lanzamiento había cuentos personalizados pero se realizaban con plantillas. Nadie hacía cuentos con historias personalizadas porque era una locura hacerlo.

 

¿Y cómo dejó de ser una locura?

Por el aniversario con mi pareja le hice un cuento totalmente personalizado en el que se hablaba algo de nosotros, pero sobre todo, de ella y lo subí a internet. El portal Kireei lo publicó y empezaron a hacerme encargos sin que yo hubiese puesto el servicio en marcha. Puede decirse que no fue premeditado, sino algo que vino por las circunstancias, pero desde entonces cada encargo llama a otro.

 

¿Toda tu difusión se basó en Kireei o has llevado a cabo otras acciones?

No he realizado ninguna acción adicional de promoción. Me gustaría hacer algo para ampliar la gama de productos, pero de momento no he hecho nada. Hubo otra web, Petit On, que también lo sacó, pero fue de motu propio, yo no envié nada.

 

A raíz de la publicación de aquel cuento 1 año, 2 meses, 4 días han venido muchos encargos, ¿los tienes contabilizados?

He realizado 44 cuentos, con un total de 450 ilustraciones, aparte de las láminas independientes y las tazas que también he dibujado. Cada vez me encargan más láminas pero el producto estrella sigue siendo el cuento. El tipo de persona que llega a mí es porque busca que le hagan un cuento personalizado y lo que encuentran no les convence.

 

Este tipo de trabajo, el cuento, se basa en cierta manera en construir historias, ¿Cómo se desarrolla el proceso creativo? ¿Tienes libertad? ¿Todos tus clientes te dan la misma cantidad de información?

Hay de todo. A los clientes les pido que me cuenten a partir de unas pautas cómo son las personas que van a protagonizar la historia y las cosas que les han pasado en la vida. Aquí los hay desde los que me escriben medio folio hasta los que me envían treinta. A veces me piden algo fantasioso como viajes que no han podido realizar. Hay variedad y eso me gusta. Cuando un cliente me da libertad es cuando me puedo desahogar a nivel creativo.

 

¿Qué aconsejarías a un ilustrador que quiere emprender?

Lo primero, que se abra un blog y lo surta de contenido a diario. Es muy importante porque te obliga a no estancarte y a seguir trabajando. Lo segundo, que eche un vistazo a lo que hacen otros, fórmulas de éxito, de gente que vive de eso y que hagan algo parecido. También le aconsejaría que no se desanimase, ya que puede haber un golpe de suerte. Y, por último, que no se corte en enviar sus trabajos a las editoriales, que están esperando recibir cosas.

 

Esto de emprender en la ilustración ¿Es relativamente nuevo o ha habido antecedentes?

Es nuevo en la modalidad sin intermediarios que ha propiciado internet. El cliente navega y tiene millones de cosas para elegir y habla con el artista directamente. Al ilustrador le permite tener más herramientas para vender, ponerse en contacto con el público, proveedores…Todo esto ha provocado la eliminación de intermediarios, a lo que hay que sumarle el nacimiento de un consumo de ilustración para gente normal como por ejemplo, las postales de ilustradores. Antes las editoriales no habrían apostado por este tipo de producto.

 

¿Cómo trabajas los textos?

Cuando es algo más fantasioso lo escribo como un relato de ficción, pero cuando es una biografía ilustrada, los acontecimientos me limitan, por lo que tengo que escribir de una forma más pautada. Desde pequeño hacía cuentos ilustrados que escribía yo mismo y los encuadernaba. Siempre se me ha dado bien. De pequeño mi madre me tenía entretenido remaquetando revistas: recortábamos lo que nos interesaba y construíamos algo nuevo a partir de ello.

 

Tu otra pasión, la cinematografía, es un sector también complicado para trabajar, ¿No es así?

Es más complicado. Con la ilustración puedes recoger los frutos de lo que haces, con la cinematografía sólo lo conseguirías con un cortometraje que tenga un montón de premios, pero pocos pueden hacerlo. Me gusta cultivarla, pero los cortos sólo los hago porque me apetece. También es una forma de contar historias, sólo cambia el soporte.

 

¿Cómo desarrollas tu trabajo en ese ámbito?

Pop Corn es el primer cortometraje que voy a empezar a mover después de hacer muchas cosas sin ningún ánimo. Es un homenaje al cine que quiero enviar a festivales de todo el mundo. Lo tengo en la cabeza desde hace un montón de años y voy a llevarlo a cabo lo mejor que pueda. También estoy desarrollando El fin de la química, que es un corto documental por el fin del 35 mm. Después de 120 años va a cambiar para siempre la forma de proyectar una película. Me he visto en medio de esto y he querido documentarlo porque el oficio del proyeccionista va a desaparecer y yo soy un nostálgico. A partir de ahora quiero hacer más documentales porque es un género que me encanta y hay muchas historias que contar.

 

¿Alguna vez alguien te ha dicho que te ibas a morir de hambre si te dedicabas a la ilustración?

Claro. Me decían: “¿Qué quieres ser? ¿Dibujante? ¡Otro muerto de hambre!” Lo decían de coña, porque no pensaban que fuese a seguir con la idea. Eran otros tiempos en que veían a los pintores de La Explanada de Alicante que querían vivir de sus sueños. Ahora, en cambio, vivimos otra juventud de la ilustración. Incluso en la publicidad, se ha pasado de las infografías perfectas a que se lleve lo normal y los rótulos hechos a mano. Ahora se busca la imperfección, se ha regresado a lo anterior en ese sentido. Volviendo a mi caso, mis padres siempre me han estimulado en esta línea. Mi padre me llevó a Valencia para hacer la prueba para entrar en Bellas Artes, aunque no la pasé. Nunca me han dicho que no, he estudiado lo que he querido: primero Cerámica, luego Ilustración y más tarde Realización.

 

Imágenes: Beatriz Herrera