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Vivir experiencias para contar historias es una de las leyes que muchos escritores siguen al pie de la letra. Paul Theroux ya dijo que cuando alguien le pedía algún consejo para escribir le decía: lee mucho y lárgate de tu casa. No se trata sólo de llamar a las musas, sino que además es necesario para echar de vez en cuando una cuerda a la realidad de las cosas, esa que a veces se nos escapa.

El imaginario colectivo mantiene, sin embargo, al escritor en una suerte de estudio escribiendo sin descanso, con un fluir de las palabras nato. Las fases en las que el bloqueo creativo, la ausencia de inspiración o la carencia de una estructura clara hacen acto de presencia son deliberadamente olvidadas. Como si no existieran. Así, puede parecer muy fácil enfrentarse a la hoja en blanco, a ese sinfín de posibilidades a las que hay que llamar con nuestra mente para que acudan a ocupar renglones.

Sin embargo, sentarse y esperar a que llegue la inspiración no siempre es una vía factible. En lugar de ello, vivir ciertas experiencias, salir de la zona de confort habitual puede ser una manera de sacudir todo ese torrente de palabras que llevas dentro, pero que como humano que eres, a veces se atasca. No somos dioses de las letras, sino que necesitamos un método mínimo, un trabajo previo, cierta investigación y documentación que nos ayude a enfocar de forma profunda el tema en cuestión.

Escribir sobre la realidad

Recuerdo el papel de Fele Martínez en La Mala Educación, en la que encarna a un director de cine, en un estudio seleccionando recortes de periódicos para ir componiendo historias. Ya se sabe que muchas veces la realidad es mucho más potente que la ficción. Una serie de sucesos sorprendentes pueden ofrecer al escritor un motivo para escribir unas cuantas páginas.

Salir y romper con lo conocido es también una fórmula magistral para generar chispas en nuestra mente. Al margen de las experimentaciones con el propio cuerpo, material que ha servido a muchos escritores, dependiendo de la sensibilidad de cada uno hay ciertas vivencias que pueden llamar a las musas perdidas.

Aquí van ocho sencillas ideas:

  1. Simular que vives la vida de otra persona
  2. Sumirte en la reflexión de un viaje solo/a
  3. Ver tu ciudad desde puntos de vista desde los que nunca lo habías hecho
  4. Acudir a los lugares de tu infancia, escarbar en tu propia historia, para comprobar lo que te suscita
  5. Hablar con desconocidos, anotar conversaciones
  6. Bañarte de noche en el mar
  7. Encerrarte en un lugar desconocido con comida y folios
  8. Tocar el piano aunque no sepas

Al final, se trata de contar historias interesantes y no viviremos demasiadas aventuras dentro de casa. Por ello, poner el pie fuera y decidirnos a vivir algo distinto, sentirlo, reflexionarlo e interiorizarlo puede hacer que tiemblen las estructuras de nuestro pensamiento.  Los escritores parecemos unos vividores hedonistas pero…necesitamos materia prima para nuestros escritos.

Imagen de Creative Commons de The Hills are alive