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El sentir literario puede vapulear las paredes de la mente y son historias que de alguna manera estamos acostumbrados a escuchar. Rebuscando en nuestras maltrechas memorias podremos ver cómo asoman algunos hechos relacionados con aquellos escritores que perdieron el sur. El iluminado Antonin Artaud, Anna Kavan, el poeta alemán del Romanticismo Frieredich Höderlin o el poeta inglés David Gascoyne son sólo algunos de los nombres que englosan la lista de literatos que acabaron locos.

El iluminado Antonin Artaud

Entre todos esos casos destaca el iluminado y atormentado Antonin Artaud (1896-1948). Su mirada refleja la oscuridad que cernía su alma desde bien pequeño, cuando ya se le comenzó a medicar con opio y láudano, entre otros, haciéndolo un adicto de por vida. Pasó nueve años de su vida en sanatorios a los que comparaba con cárceles y en ellos fue sometido 58 veces a electroshocks. Sus internamientos coincidieron con la Segunda Guerra Mundial, lo que provocó que además pasase hambre debido a la supresión de suministros por parte de los alemanes a este tipo de centros en la Francia ocupada. Como además, sus posturas antinazis hacían peligrar su vida, su amigo Robert Desnos consiguió sacarlo de allí para llevarlo a un manicominio de la zona libre de la invasión, donde continuó con sus escritos.

Sufría alteraciones psiquiátricas e intoxicaciones por opiáceos y tenía accesos místicos que contrastaban con épocas totalmente antirreligiosas. Dijo poseer un báculo de San Patricio, que fue a ofrecer a los dublineses, pero de allí volvió a Francia con camisa de fuerza.  Estas épocas contrastaban con otras de absoluta lucidez en las que se convirtió en un mito de la Literatura sobre todo por su propuesta de lo que se llamó el Teatro de la Crueldad, que buscaba sacar al espectador de la placidez del entretenimiento, ideas que se plasmaron en “El teatro y su doble” (1938). Su otra gran aportación fue “Los tarahumaras”, un libro escrito tras marcharse a México con muy pocos recursos en busca de la magia que albergaban aquellos no colonizados. Con los tarahumaras tomó peyote, experiencia mística que le marcó. Cuando volvió a París tuvo una intensa actividad en su producción literaria, a pesar de que no tenía domicilio fijo y se refugiaba con frecuencia en edificios en ruinas.

Antonin Artaud fue uno de los muchos escritores locos que sin embargo han realizado aportaciones que aún hoy se consideran fundamentales, pasando a la historia por ser un surrealista disidente, dramaturgo, novelista, ensayista, poeta, pintor, traductor y también actor; a pesar de que el halo de cordura no le rodease durante todo el tiempo.

Estancias “fructíferas” en psiquiátricos

Muchos otros nombres de la Literatura han pasado largos periodos de tiempo en instituciones psiquiátricas. Fue el caso de Emily Woods, que estuvo durante muchos años en hospitales de este tipo en Inglaterra y Suiza y que intentó suicidarse en tres ocasiones. Estas vivencias fueron narradas en “Asylum Piece” (1940) bajo el seudónimo de Anna Kavan, que constituyó además su nueva vida, un cambio de nombre que permitió a la que fuera escritora de masas adentrarse en otro tipo de literatura mucho más personal y oscura.

 

Anna-kavan
Anna Kavan

Más curioso es el caso del poeta alemán Friederich Hölderlin, que fue declarado incurable en 1807 y recluido en la torre de Tubinga al cuidado de un ebanista durante 36 años hasta su muerte. Con frecuencia improvisaba al piano extrañas melodías durante horas o cantaba en lo que parecía una indescrifrable combinación de latín, griego y alemán. También escribía extraños versos que firmaba con el nombre de Scardanelli.

El visionario y legendario poeta inglés David Gascoyne, narró esta triste historia en “La locura de Höderlin” (1938) para después también volverse loco y pasar veinte años en un psiquiátrico de la isla de Wight, donde conoció a su mujer.

Dos intensos años con depresiones recurrentes y alucinaciones (entre 1895 y 1897) le sirvieron al escritor y dramaturgo sueco August Strindberg como material para su novela “Inferno”. Por su parte, Mary Lamb apuñaló a su madre y fue encerrada en un asilo para alienados, donde escribió junto a su hermano Charles el libro “Cuentos de Shakespeare”. En él se procura acercar la figura del celebérrimo dramaturgo a la juventud, en plena eclosión del Romanticismo.  Charles también perdió el juicio y fue encerrado en 1796 pero no fue la única obra de ninguno de los dos. Malcolm Lowry narró su estancia de diez días en el pabellón psiquiátrico del Bellevue Hospital Center de Nueva York en 1936 en el relato “Lunar Caustic” que publicó en 1963. Todos ellos tienen en común el envenenado don de la creatividad y unas mentes cuyas jugadas tuvieron que sorportar.

El libro tachado

Patricio Pron recoge estos y otros casos en “El libro tachado”, un compendio teórico de la Literatura en el que se habla sobre los libros que no tenemos en la estantería y analiza la ausencia del autor conceptual, ya sea por abandonar la vida pública para tratar el alma en un asilo psiquiátrico, el suicidio o los ejercicios experimentales. Hablamos pues de toda esa Literatura que no pudo ser, todos aquellos libros que no se escribieron porque sus autores estaban dementes o fueron silenciados y bloqueados. Sin embargo, entre tanta negación sobresalen algunas obras que sí se abrieron paso en la dificultad y vieron la luz, testigos hoy de lo azarosa que puede ser la vida.