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Redacciones de publicaciones impresas, on line e incluso la CIA ponen sus ojos en la última generación de periodistas. Una hornada de profesionales salidos de la universidad pero que ha cambiado horas de estudio por ajustes de programación y el café por el 3 en 1. El bautizado como robot periodista sigue llamando a las puertas de medios de comunicación e instituciones y tras trabajar para conocidas revistas como Forbes, muchos hablan ya de él como uno de los fichajes que podría convencer al empresario Jeff Bezos, en su nueva etapa al frente  del periódico The WashingtonPost, al cumplir con su máxima de “inventar y experimentar” para lograr reactivar el diario.

De la mano de estos avances, la tecnología ha hecho acto de presencia en la profesión provocando un tambaleo en sus cimientos. Y es que, bajo el lema de “transformar datos en historias”, los prototipos de robots plumillas han ido evolucionando desde 2010 sumado a sus currículos nuevas destrezas que les permiten ya, desde crear textos adaptados a los diferentes canales, los 140 caracteres de twitter no son nada para ellos, hasta hacer fotografías y vídeos, retransmitir encuentros deportivos, documentarse al instante o, incluso preguntar a los testigos de un acontecimiento para incorporar el factor humano a sus crónicas.

Universidades como es el caso de Tokio han centrado sus esfuerzos investigadores en estos robots, que han dejado en anecdóticos los cambios en las pautas de trabajo vividos hasta la fecha, entre otros el paso de la máquina de escribir al ordenador, el adiós a las grabadoras de cassette por las digitales, o el concepto de última hora que la televisión por satélite o Internet han revolucionado.

Pero el robot periodista tiene otros compañeros de clase, alumnos aventajados en esta parcela de las nuevas tecnologías que ya se dejan ver como becarios en espacios de televisión al estilo de “News at Seven”, donde unos presentadores  virtuales reclaman su espacio entre los botones del mando a distancia.

Una nueva generación que camina sigilosa por un sector en fase de supervivencia y que  intenta digerir la realidad de despidos, abaratamiento de costes, búsqueda de nuevas fórmulas que hagan rentable el negocio, así como el declive de una serie de puestos de trabajo, que forman parte de una etapa del periodismo que empieza a verse ya en blanco y negro. Diferentes informes recientes hablan de la desaparición total en unos años de profesiones relacionadas con la imprenta, las tareas de preimpresión y los técnicos de editoriales, en lo que es una anunciada despedida a la hegemonía del papel frente a la revolución de los circuitos.