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El 2 de febrero de 1914, en el vodevil The Palace Theather de Chicago, tenía lugar un momento clave en la historia del cine. Winsor Mc Cay rompía la línea que separa la ficción de la realidad ante un público atónico. Los asistentes pensaban que iban a disfrutar de un show en vivo y, sin embargo, fueron testigos de ese instante de magia que era la primera película de animación: Gertie, la dinosauria.

En pantalla aparece nuestra protagonista, dibujada por Mc Cay, un personaje con un gran carisma. El autor se presenta como su domador y le da órdenes que ella ejecuta basándose en un guión previo. Al final del acto el dibujante aparece en el film y se sube a los lomos de la brontosauria.

 

Fue algo insólito y Gertie se convirtió en toda una sensación cultural masiva. Tenía algo que no se había visto nunca. Los dibujos de Mc Cay tenían fluidez en la animación, un profundo sentido de la perspectiva, una vibrante personalidad, una precisión y un detalle que no tuvieron rival durante años.

La exploración y conquista del dibujo animado

Era el tercero de los intentos del dibujante de dar vida a sus personajes del mundo de la viñeta. Y es que Mc Cay era todo un fenómeno de masas sobre todo gracias a “Little Nemo in Slumberland”. Una tira que aparecía en prensa y que era seguida con fervor por parte de los lectores.

Sus personajes tenían tanta vida que parecía que iban a salirse del papel, por lo que no fue de extrañar que tuviese que buscar un método para darles movimiento. Por ello, estuvo largo tiempo explorando el quick sketch art y después de dos intentos con otros títulos, finalmente fue con Gertie con quien pudo llevar a cabo este acto pionero tras dibujar y colorear a mano más de 4.000 dibujos en película de 35 mm.

Sin embargo, el mismo Mc Cay contó en su época que pese a que sus primeras animaciones de dibujos fueron muy populares, no contaban con la comprensión de los patrocinadores, que se imaginaban detrás de ellas un gran truco de cables. Los caminos que tienen que recorrer los pioneros son solitarios y sin demasiados apoyos. De hecho, casi siempre trabajó solo, coloreando a mano cada escena de sus películas, una a una.

Un trabajo ímprobo que le costó muchas discusiones con William Randolph Hearst, el editor del periódico en el que publicaba sus viñetas al mismo tiempo que trabaja en las películas de dibujos animados. Para Hearst, que era de la vieja guardia de los medios en papel, este nuevo formato con en el que Mc Cay estaba experimentando era una amenaza.

Un arte y no algo comercial

Para nuestro pionero este descubrimiento de poder animar los dibujos era un arte. Muchos de los que luego se dedicaron a este oficio lo tuvieron como referencia en sus carreras profesionales: Walt Disney, Henry Mayer,  Bert Green, George McManus, Milt Gross, Sidney Smith, Otto Messmer y Rube Goldberg. Y, sin embargo, para Mc Cay se estaba ensuciando este arte. Así lo expuso cuando le pasaron el micrófono en una cena a la que había sido invitado por las nuevas generaciones de animadores:

La animación es un arte. Así es como yo la concibo. Pero, como veo, lo que vosotros, compañeros, habéis hecho es convertirla en un comercio. No en arte, sino en comercio. ¡Mala suerte!

Y, a pesar de todo, Winsor Mc Cay consiguió pasar a la historia como el pionero en la animación de dibujos, además de como uno de los dibujantes norteamericanos más famosos de todos los tiempos. Hace tres años Google le dedicó un doodle y el año pasado el Moma de Nueva York rendía homenaje a los 100 años de Gertie la dinosauria. Son sólo algunos de los tributos a una de esas inspiradoras figuras que han logrado conquistar otro territorio inexplorado y gracias al cual hoy disfrutamos de los dibujos animados.