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Hiroshima es un nombre que baila en nuestra cabeza de vez en cuando, pero el eco que produce su movimiento no es el mismo si has estado alguna vez en esa nueva tierra. Reconstruir una ciudad al completo después de un ataque nuclear es una de esas hazañas a las que la humanidad se ve condenada y los japoneses sienten que eso no debería volver a ocurrir porque lo han vivido en sus carnes y saben de lo que están hablando. Historia reciente, Segunda Guerra Mundial. No hace tanto tiempo.

Y como realmente han pasado unos pocos puñados de años, aún hay supervivientes que pueden contar su historia, (de hecho, 270.000 personas sobrevivieron a la explosión, según la Asociación para la Prohibición de las Armas Nucleares Gensuikyo) . Relatan su vivencia para evitar que los sucesos vuelvan a repetirse. Son los Hibakusha (víctima de la bomba, en japonés) y se pueden cerrar encuentros con ellos a través de varias organizaciones, como la asociación World Fiendship Center, que además regenta un Bed & Breakfast estilo ryokan (alojamiento tradicional japonés).

superviviente
El grupo con el que fui a Hiroshima para escuchar la historia de Sadae Kasaoka, hibakusha

Sadae Kasaoka es una de esas personas. Vivió la explosión nuclear el 6 de agosto de 1945 a sus 13 años mientras estaba en su casa (a 3,8 kilómetros del lugar en el que cayó la bomba atómica), junto a una ventana de dos metros y medio cuyo cristal reventó en mil pedazos. El poder de la detonación hizo que perdiera el conocimiento. Cuando volvió en sí salió con su abuela (nadie más estaba en casa) y se reunió con otros vecinos, pero nadie supo lo que había ocurrido hasta que un hombre llegó a su barrio con la cara y los brazos quemados: venía del epicentro de la explosión. No sabía nada de sus hermanos ni de sus padres y empezó a preocuparse por sus vidas.

Su hermano, mientras tanto, logró localizar a su padre y lo llevó a casa en una carretilla, pero ella sólo pudo identificarlo por su voz, ya que estaba completamente negro y brillante por las quemaduras. No estaba quemada sólo su piel, también su interior. No tenían medicinas, por lo que intentaron ponerle patatas encima, que se secaron pronto y no podían reponerlas con tanta frecuencia como hubiesen querido. Su padre, mientras tanto, se mantenía consciente y rogaba que encontrasen a su mujer. Pedía agua constantemente pero les habían dicho que moriría si se la daban, por lo que le mintieron y le dijeron que habían cortado el suministro. Él pidió entonces cerveza de la despensa, pero no se la dieron. Es uno de los grandes arrepentimientos con los que Sadae vive todavía.

Esa mañana los relojes se pararon. Éste está en el Museo de la Paz de Hiroshima
Esa mañana los relojes se pararon. Éste está en el Museo de la Paz de Hiroshima

 La bomba atómica provocó que perdiera a su padre y a su madre, cuyo nombre apareció en la lista de las víctimas. “Destrozó la felicidad de la gente”, dice Sadae. Cuenta que los niños evacuados decían que querían irse a casa y ver a su mamá. Su hermano pequeño estaba con ellos, pero ni él ni otros muchos volvieron a ver a sus padres.

Mucha gente se quedó en la calle. Intentaban ayudarse pero era difícil. Era como el infierno. El fuego corría rápido y los cuerpos parecían pintados de negro. No podían recibir tratamiento médico y no sobrevivirían. Desesperados por el calor abrasante que les recorría se metían en el río, donde se unían cuerpos vivos con muertos. Los que aún estaban con vida trataban de subir por las laderas para salir, pero finalmente eran llevados por la corriente.

Las autoridades locales fueron quemando los cadáveres en la playa y tardaron mucho puesto que había un elevado número de víctimas. Por la tarde, Sadae vio el fuego a lo lejos y percibió unas bolas azules que se elevaban. Pensó que eran almas.

También hubo una lluvia negra contaminada por la radiación. La gente que la bebió o que estuvo expuesta a ella murió también. Una amiga suya tuvo un cáncer por culpa de eso y después de un tiempo murió.

La fortaleza del último edificio que quedó en pie es un símbolo de Hiroshima que representa el deseo de abolir las bombas atómicas y conseguir la paz. Al igual que los Hibakusha se dedican a contar su historia, la ciudad brilla con este sueño de conseguir un mundo distinto en el que la humanidad no tenga que sufrir episodios como este a través de su Museo por la Paz y varias organizaciones que colaboran en la construcción de este ideal común.

Puedes leer el testimonio de Susumu Tsuboi, nombrado por el Gobierno japonés “comunicador Especial para un mundo libre de armas nucleares” publicado por Maribel Hernández en eldiario.es y más testimonios de otros Hibakusha en inglés, u oírlos en japonés y leerlos en inglés al mismo tiempo.

Para profundizar aún más en el tema puedes leer los distintos títulos literarios que se generaron tras la catástrofe nuclear, con un movimiento de escritores que expresaron el sentir social y contribuyeron a dejar por escrito la Historia y los testimonios de muchas personas, no sólo de los hechos que sucedieron, sino también de la marginación a la que se sometió a aquellos que habían estado expuestos a la radiación.

Martin Duckworth rodó también un documental en el que se tratan testimonios de la explosión y se relata el viaje de dos de ellos a Estados Unidos para contar su historia en el país que tomó la decisión de arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Es impresionante ver cómo una hibakusha pide sobre un escenario la paz aclamada por miles de personas: ¡Peace, peace, peace!