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Ni las tremendas torturas a las que fue sometida, ni el hecho de que lo hiciese para salvar la vida de 2.500 niños condenados a los horrores de los nazis hicieron que la historia sacase de sus pliegues a una mujer valiente como Irena Sendler. La silueta del llamado “Ángel del gueto de Varsovia” fue solo eso, una sombra, un recuerdo amable durante muchos años anclado en la retina de las familias y los pequeños a los que ayudó en el momento más amargo de sus vidas.

Pero la casualidad, el destino o la justicia histórica quiso que la humanidad de Irena llegase a manos de un grupo de adolescentes americanos, se convirtiera en una obra de teatro de instituto y que este relato activara el olfato de la prensa internacional que no dudó en llevar su rostro a las portadas de semanarios y periódicos y de ahí, a los hogares de esos niños ya con unos cuantos años a sus espaldas que la reconocieron y quisieron reencontrarse con su “ángel”.

La historia de Irena Sendler (1919- 2008) es una de esas realidades que merece ser contada. Nacida en Otwock (Varsovia), esta mujer valiente tuvo en su padre a un buen maestro. Un médico que apostó por desmarcarse de lo fácil y decidió no volver la cara a la población judía enferma, en la mayoría de los casos de tifus, ante la negativa del resto de sus colegas de profesión.

“Aunque no sepas nadar, si ves a alguien ahogándose lánzate a salvarlo”.

Este consejo de su padre marcó los pasos de Irena y la impulsó a ayudar, primero en los comedores comunitarios de su ciudad para más tarde, con la llegada del año 1942 a trabajar en el llamado gueto de Varsovia. Una tarea en la que se embarcó de lleno para prestar asistencia a la población judía, bajo el cometido alemán de mantener a raya la propagación de enfermedades contagiosas.

La realidad dentro del gueto impactó en ella como un misil y la condujo a jugarse la vida ideándoselas para convencer a las familias de la necesidad de que entregaran a sus pequeños para intentar esquivar la muerte segura que les acechaba si se quedaban. Entre basura, cajas, sacos de alimentos e incluso bajo los efectos de un narcótico para fingir su muerte, Irena fue buscando una oportunidad para los niños y bebés del gueto proporcionándoles una nueva identidad.

Arte para homenajear a los judíos que perdieron la vida en Varsovia
Obra en recuerdo a los judíos víctimas de las barbaries de los nazis. Naroh

Registró los datos de cada uno de ellos en anotaciones en papel que fue guardando en tarros para que, una vez pasado el horror, tal vez pudiesen reencontrarse con sus familias. Una información vital que fue enterrando bajo el manzano de una propiedad vecina ante el miedo a ser apresada.

Sus temores se hicieron realidad y Irena Sendler tuvo que enfrentarse a las torturas de la Gestapo. Unos interrogatorios atroces en los que se la presionó hasta el límite para que desvelara el paradero y los datos de los niños. Pero ella no habló a pesar de que a golpes le rompieron las piernas y los pies y sufrió las tempestades de la prisión de Pawak.

Condenada a muerte, la vida quiso devolverle un gesto y un soldado alemán, en respuesta a un soborno, la dejó huir incluyendo su nombre en la lista de ejecutados, algo que llevó a Irena a tener que adoptar como sus niños una identidad falsa.

La historia de Irena Sendler renace en un instituto de Pittsburgh

Antinazi y antiocomunista su destino pasadas las turbulencias del conflicto fue el anonimato. Ella siguió su camino y esta mujer valiente completó su cometido y entregó ese registro de nombres al Comité de Salvamento de los Judíos Supervivientes. Un  hecho que pasó casi desapercibido hasta que años más tarde unas chicas de un instituto de Pittsburgh recibieron el encargo de investigar un recorte de periódico que hablaba sobre ella.

Tirando del hilo descubrieron que tras aquel pequeño trozo de papel se escondía un tesoro y convirtieron esa historia en una obra de teatro que fue dando a conocer la bondad desinteresada de aquella mujer polaca. Este paso abrió la puerta a reportajes y entrevistas en todo el mundo que en parte devolvieron a Irena Sendler cierta recompensa: la llamada y la visita de algunos de los niños a los que salvó la vida.

Jolanta, como era conocida dentro del gueto, fue propuesta para recibir el Premio Nobel de la Paz y aunque no pudo ser -ese año el reconocimiento fue a parar a Al Gore- la historia, al final ha permitido al mundo y a las nuevas generaciones que el inmenso compromiso de esta anciana que debido a los golpes se vio anclada a una silla de ruedas sea conocido.

Ahora ya tiene una biografía, premios, una película y lo más valioso, el amor incondicional de miles de personas, muchas de ellas familiares de esos niños que sufrieron la barbarie en primera persona, que la quisieron acompañar hasta su muerte a los 98 años edad en su agridulce Polonia.  Pese a todo, antes de marcharse Irena Sendler confesó sentirse incompleta, una paradoja que acompaña a las personas buenas, ya que pese a salvar más de dos mil vidas arrastró a lo largo de sus años la frustración de no poder haber podido ayudar a alguno más de aquellos niños que vieron truncados sus destinos en el Gueto.

“No se plantan semillas de comida, se plantan semillas de bondades. Traten de hacer un círculo de bondades, éstas les rodearán y las harán crecer más y más”.

Imágenes con Licencia Creative Commons: guano