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El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía. Ese es uno de los grandes axiomas que sustentan la historia del temible Keyser Söze, la mitificación de un personaje cuya importancia se torna en vital en Sospechosos Habituales. La película, una obra maestra de la construcción de historias, nos muestra a un Kevin Spacey que desvía la atención sobre sí mismo hablando de la figura de un loco, sanguinario, despiadado y hasta ese momento leyenda Keyser Söze. Un relato que el personaje va dibujando a medida que va hablando tomando como referencia ciertos elementos que se encuentran a su vista. Una técnica, esa del cuentacuentos, que este guión maneja a la perfección administrando la información en pequeñas dosis, manteniendo un ritmo trepidante en el relato y desviando la atención para conseguir llegar al final con un desenlace nada esperado. Una fórmula a la que prestar atención cuando tenemos como misión comunicar una historia, sobre todo en internet, donde el lector en diagonal debe encontrar elementos suficientes para quedarse a posar sus ojos en cada una de las palabras. Atención, contiene spoilers.

Keyser Söze: el narrador de la historia

El tontito, el tullido, es el mejor narrador para contar la historia, pues la voz del relato tiene también una importancia brutal. Y es que entre el elenco de criminales sospechosos habituales, el más débil es el elegido. El contraste entre un ser apocado y que parece no tener demasiadas cartas en la manga con la de un temible criminal aporta una distancia que desvía completamente la atención sobre su persona. Yo sólo soy el pobre tullido que cuenta esta historia. ¿Quién va a pensar que una persona como esa puede ser la figura diablesca a la que todo el mundo tanto teme, esa mezcla de ficción con realidad que parece traída de otro mundo y que incluso mató a su propia familia?

¿Crees que existe Keyser Söze? Le pregunta el policía al tullido. Y su respuesta es puntal para la construcción de la historia:

[blockquote]Dicen: “No creo en Dios, pero le tengo miedo”. Bien, yo creo en Dios y a lo único que temo es a Keyser Söze[/blockquote]

Transformar los elementos en carne de ficción

Un panel repleto de papeles y fotografías tras la mesa de un policía es la mejor inspiración que podía encontrar para construir su relato, un ejercicio que sólo está al alcance de los mejores contadores de historias. La imagen de una presa ayuda a describir un personaje. Los nombres de los protagonistas aparecen también en distintos puntos, no siempre de forma evidente, a veces con el nombre de la empresa que se muestra en una factura. Cualquier cosa puede ser suceptible de transformarse en un brillante detalle que dé veracidad a la historia, pues muchas veces la riqueza de estas pequeñas cuestiones son las que aportan esa cohesión necesaria para implicar al oyente en un relato. Esas miguitas de pan que el constructor va lanzando para que le sigas en este camino por la imaginación. Una de las claves del storytelling más elaborado.

En el final de la película, todos los hilos comienzan a unirse más rápido que el viento. Mientras el policía al que el propio Keyser Söze ha tomado el pelo de la manera más inteligente posible empieza a darse cuenta de que todos los detalles del relato de aquel tullido están contenidos en su tablero la sorpresa provoca que su taza de café caiga al suelo, dejando al descubierto la parte baja de la misma en la que pone un nombre: Kobayashi. Otro de los tantos que aparecen en la historia que le acaban de colar.

 

El paso del cojo que sale de la comisaría de policía después de narrar toda la historia y cómo su paso va cambiando sobre la calzada es una de esas escenas que permanecerán intactas en la memoria del espectador a través de los años. Et voilá! El personaje se desvanece sin dejar rastro pero nunca jamás olvidarás el nombre de Keyser Söze.