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El eco del verbo emprender sigue sonando con fuerza, pero poco a poco su intensidad se va apagando. La puesta en el escaparate del mercado laboral de esta vía como tendencia de moda para salir del desempleo ha generado un espejismo en torno a la palabra emprendimiento que ha llevado a más de uno a embarcarse en una travesía para la que no estaba preparado y, en algunos casos, ni siquiera convencido.

Mientras la palabra empresario vivía su particular proceso de demonización, el término emprendedor cogía cada vez más aliento, como un oasis en medio del desierto de una cifra de paro que subía y subía. Un oasis impulsado por cientos de historias de éxitos millonarios llegados de lugares como Silicon Valley y sus start up o las miles de convocatorias lanzadas por entidades y administraciones públicas. Y es que emprender estaba y sigue estando de moda y los programas de televisión, las series americanas y hasta una Barbie Emprendedora firmada por Mattel dan fe de ello, pero la realidad es que emprender no es un juego.

Sin ánimo de cortarle las alas a nadie, este artículo es más bien una invitación a la reflexión en la que esos lados menos atractivos del emprendimiento también se incluyen en el guión, porque:

Es una realidad que los incentivos y palancas para la creación de empresas puestas en marcha por el Gobierno han generado un importante movimiento en el casillero de nuevas enseñas pero hasta la fecha la esperanza de vida de éstas ha sido muy baja. Hablar de cinco años es todo un logro y pocos, muy pocos proyectos consiguen pasar esa media. El 70% mueren en ese horizonte.

Obtener financiación para materializar un idea sigue siendo un recorrido complejo, largo y trabajoso. Un peregrinaje por bancos, centros de inversores y convocatorias de todo tipo en las que el tiempo es más oro que nunca. Espacios en los que te regalan un NEXT fulminante si la idea que presentas no engancha en los minutos en los que un ascensor llega a planta de tu interlocutor o si estás en las mismas tras sonar la campana, que indica un cambio de mesa para iniciar otro “aquí te pillo, aquí te mato” con el siguiente posible inversor.

Emprender requiere una formación de la que muchos de los aventureros carece. Asesores en esta rama inciden en que junto al proyecto debe haber unos conocimientos financieros, unos mínimos de gestión de empresa y técnicas comerciales, que permitirán al proyecto salir adelante y poder evolucionar. Dado que al principio los recursos son escasos, SÍ tendrás que gestionar y VENDER lo que gestionas, algo que a más de uno le chirría.

Hay un salario emocional implícito al dar el paso de emprender. Cuando se trabaja para otros se habla de conciliación de la vida laboral y familiar, de incentivos para el desarrollo profesional y humano del empleado en la empresa… En el emprendimiento se parte de la idea de hacer realidad un sueño o de ser tu propio jefe pero, en las primeras etapas de un negocio hay que estar preparado para ver la jugada desde todos los ángulos y no caer en las comparativas. Con más firmeza, cuando las horas sumen y sumen revoluciones y lleguen momentos bajos, en los que la mente compara y compara con la tranquilidad que supone tener una nómina y punto.

En especial, lo anterior sale a flote entre aquellos que abanderan el buque del emprendimiento por una necesidad, anteponiendo la supervivencia a otras palabras como la realización de un proyecto ansiado o a la propia vocación. Una cuestión que lleva a muchos a adentrase en sectores que no conocen bien, convirtiendo la travesía en un recorrido con demasiadas sombras. Claroscuros entre los que la falta de nociones para la gestión, la ausencia de previsión económica a corto y medio plazo para afrontar eventualidades, el desconocimiento de la competencia o el no haber trabajado una estrategia empresarial sólida cambian, según los expertos, cualquier oasis por un montón de piedras en el camino.

 

Imágenes con Licencia Creative cominos: Steve Corey

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