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En la liga de los grandes creativos los típicos consejos dejan de tener efecto. Inmersos como están en la culminación de una obra, sus impulsos les llevan a realizar probaturas para reactivar esa esencia que les impulsa a crear deacuerdo a sus criterios. Por eso muchos terminaron poniendo grandes remedios a grandes males y activaron sistemas muy poco ortodoxos pero que dieron sus frutos. Entre los métodos de los artistas los hay desde dormir diez horas al día como hizo Descartes hasta escribir desnudo tras tocarse los genitales como Thomas Wolfe. Un abanico interminable de manías extrañas que han motivado grandes logros en la historia de la filosofía, la literatura o el arte.

Las horas de sueño y el estado de la mente

Son muchos los artistas que han jugado con el tiempo de descanso y el de vigilia para experimentar cambios en su mente o forzarla a una rutina. Mientras que Descartes y William Styron apostaban por dormir como lirones, otros como Balzac se impusieron un horario prácticamente monacal en el que cenaba a las seis de la tarde y se iba a dormir para levantarse a la una de la madrugada y sentarse a escribir. Beethoven, Mahler o Schubert se despertaban al amanecer y en la actualidad, Haruki Murakami se levanta todos los días a las cuatro de la mañana para arrancar su jornada creativa.

Kafka, por su parte, compaginó durante toda su vida su horario de ocho a tres en una oficina de seguros de Praga con su actividad escritora, que desarrollaba normalmente por la noche. Habitualmente hasta las tres de la mañana, pero a veces incluso hasta las seis.

El lugar donde nace la creación

La superventas Kate Morton afirma que necesita cambiar de habitación en cada libro que escribe. De hecho, incluso esta manía la ha llevado a tener que buscar otras casas. En una entrevista a El País se asomaba a la ventana y señalaba una casa antigua: “Ahí escribí la de Riverton”. Y otra más grande, azul: “Allí, El jardín”.

A Andrés Trapiello le gusta mantener la puerta de su estudio abierta. Una forma de seguir en contacto con la vida, teniendo en cuenta que para él la obra es vida.

Mientras, otros necesitan aislarse hasta puntos insospechados. Cuando el autor estadounidense Jonathan Franzen trabajaba en la obra que le catapultó al éxito, “Las correcciones”, se encerraba en su estudio con las luces apagadas y las persianas bajadas. Entonces, se sentaba ante el ordenador con orejeras, los ojos vendados y tapones en los oídos para poder darle a la tecla.

Por su parte, el escritor británico Somerset Maugham gustaba de trabajar en la bañera; mientras que Truman Capote tenía que escribir necesariamente en la cama. Hemnigway poseía la manía de escribir de pie, frente a un estante en el que se encontraba su máquina de escribir. La poetisa Maya Angelou no podía trabajar en un lugar bonito, ya que aseguraba que le desconcertaba. En lugar de ello, alquilaba habitaciones de motel en las que desarrollaba su trabajo creativo. El compositor Gustav Maler detestaba que nadie le hablase antes de que arrancase su actividad diaria frente al teclado.

Desnudar el cuerpo para desnudar el alma

Son varios los creadores que han encontrado en la propia desnudez un estímulo para sus ideas. Benjamin Franklin se daba por las mañanas lo que llamaba “baños de aire”: se sentaba en su habitación sin ropa, media o una hora, dependiendo de la estación del año; y se dedicaba a leer y a escribir. Lejos de resultar una actividad dolorosa, afirmaba que le resultaba muy agradable.

Thomas Wolfe
El escritor Thomas Wolfe

La anécdota que llevó a Thomas Wolfe a algo parecido cuenta que un día en el que estaba complemente bloqueado, decidió dejar la actividad escritora para irse a la cama. Se desnudó y frente a la ventana descubrió que de inmediato estaba fresco y con ganas de escribir de nuevo. Se sentó frente a la máquina de escribir y la seguridad y la rapidez se hicieron las reinas hasta el amanecer. Intentando desentrañar qué era lo que le había llevado a ese estado, descubrió que de forma inconsciente se había estado tocando los genitales cuando se hallaba frente a la ventana y que esa “agradable sensación masculina” había sido la causante. Tras esta experiencia, Wolfe decidió utilizar este método de manera regular para iniciar sus sesiones de trabajo.

El escritor y guionista cubano Guillermo Cabrera Infante contaba que en sus primeros años de exilio en Londres, en los días más fríos, se desnudaba completamente y se sentaba ante su máquina de escribir con una Smith Corona como mera compañera. Así escribió “La Habana para un infante difunto” y “Mapa dibujado por un espía”.

La activación del cerebro a través de estos cambios que los distintos grandes creativos pusieron en marcha supusieron la culminación de una serie de obras míticas en el transcurso de la historia. ¿O qué sería de la vida sin las aportaciones de Balzac, Beethoven, Tom Wolfe o Truman Capote? Ya sabe, si ve a alguien tratando de crear a través de extraños métodos hágale el favor y ponga el cartel de “No molestar, genio trabajando”.

Imagen de Creative Commons de Opensource.com