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La desesperación de saberse olvidado tras haber invertido tanto tiempo, esfuerzo, dedicación y dinero a la recreación de historias de ciencia ficción en los momentos del protocine fue la bomba atómica que lanzó por los aires a George Méliès. Una I Guerra Mundial, en la que la plata que exigía el celuloide podía emplearse para recursos bélicos, impulsó la estrambótica maquinaria de la mente del escritor: cortó por lo sano y quemó toda su obra. Y tras más de 500 películas, Méliès, padre de la ciencia ficción cinematográfica, que aplicó los trucajes al cine cuando nadie antes lo hacía, creando un mundo de fantasía único; decidió dedicarse a vender chucherías y juguetes en un pequeño puesto en la estación de Montparnasse.

Nadie hubiese sabido cómo iba a terminar su historia, pues el rocambolismo se había asentado en ella desde que presenció la presentación del cinematógrafo de los Lumiére e intentó adquirir el fantástico invento. “Esta invención no tiene futuro”, fue lo que le dijeron los celébres hermanos. Tras recibir la negativa, Méliès decidió buscar otro invento similar en un momento en el que la segunda revolución industrial empujaba a muchos a llevar a la realidad todo aquello que parecía fantasía. Y lo halló en Londres. El óptico Robert William Paul había creado un artefacto equivalente y sí que estaba dispuesto a venderlo.

Méliès, que se había dedicado al negocio familiar del calzado hasta que su padre decidió retirarse, era un gran amante del ilusionismo. Había invertido su parte en comprar el teatro Robert-Houdin y allí fue donde comenzó a realizar las proyecciones. Al principio, las escenas que podían verse eran cotidianas y costumbristas. Para los espectadores, el simple hecho de contemplar la grabación ya suponía algo realmente venido de otro mundo. Fue por casualidad que el director descubrió un truco que podía aplicarse al rodaje para conseguir un efecto, al estropearse el aparato mientras tomaba unas imágenes y aplicarse un salto temporal en la misma escena. Magia. A partir de ahí fue una carrera a la que no se le veía el final.

[blockquote]Empleando mis conocimientos especiales de ilusionismo reunidos a lo largo de 25 años de práctica en el teatro Robert-Houdin, fui introduciendo en el cinematógrafo trucos de tramoya, de mecánica, de óptica, de prestidigitación[/blockquote]

 El primer contador de historias en el cine

El visionario, que había seguido con fervor al mago Maskeleyne durante su estancia en Inglaterra, puede decirse que fue prácticamente el primer contador de historias en el mundo del cine, al menos con cierto sentido y argumento. Sus experimentos con los discos estroboscópicos, los dibujos estereoscópicos y las linternas mágicas le llevaron a provocar los efectos más alucinantes que nadie jamás había visto por aquella época. De hecho, se le considera el padre de los efectos especiales.

Fotograma coloreado de Viaje a la Luna
Fotograma coloreado de Viaje a la Luna

Viaje a la luna (1902), su más famosa película (aunque no su favorita), narra la aventura del doctor Barbenfouillis, quien convence a un grupo de hombres para ir a la luna en un cohete a propulsión, donde son atrapados por los selenitas, de los que finalmente consiguen zafarse gracias a sus paraguas. Vuelven triunfantes a la Tierra. Fin. La película costó 10.000 francos de la época, lo que venía siendo una millonada, pero fue un auténtico éxito. Casi 90 años más tarde sería encontrada una copia en la Filmoteca de Cataluña, coloreada por el propio Méliès y que se había dado por perdida durante muchísimos años.

La efervescencia de la época en el ámbito de los inventos, la literatura de viajes y los descubrimientos no hacía más que animar las historias de Méliès, cuyos argumentos delirantes eran toda una explosión de imaginación, rozando las estrellas para que lo imposible se convirtiese en realidad. No en vano, tanto Julio Verne como H.G. Wells son algunos de los inspiradores de tan fantásticas historias que llevaron al antaño fabricante de zapatos a la cúspide del cine más primitivo.

El último truco: desaparecer

Alrededor de 1910 sus películas dejaron de tener éxito y de estar de moda en pos del realismo. Méliès pasó verdaderos aprietos económicos y en 1914 estaba completamente arruinado. Sus películas habían dilapidado todos sus ahorros. Al mismo tiempo, estallaba la I Guerra Mundial, en la que la plata del celuloide era interesante como material bélico. Sintiéndose acorralado y temoroso de que sus películas cayesen en manos de sus acreedores, él mismo las quemó. Por fortuna, su hermano puso a salvo parte del material y se han conseguido recuperar unas 200 de las 500 que realizó. Fue entonces cuando decidió cambiar de oficio por el de vendedor de chucherías y juguetes y desaparecer del mapa. Nadie lo echó de menos.

Melies-anciano

En 1928 el editor de una revista de cine, Léon Druhot, lo encontró en Montparnasse. Su vuelta al mundo de los vivos hizo que le diesen honores como la Legión de Honor de Francia. Para entonces ya era un elegante anciano, pero su aportación a la Historia ya no quedó ninguneada.

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