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“Sentarse a su lado le daba una extraña paz. Como si el oso, al igual que los libros, conociese generaciones de secretos, pero no sintiera la menor necesidad de revelarlos”

Oso es mucho más que una novela en la que una bibliotecaria antisocial tiene una relación íntima con un oso. Es una vuelta a la naturaleza más libertaria, una especie de incursión al estilo Thoreau, sólo que más moderna. Es también la creación de una atmósfera pura en una pequeña isla donde las convenciones ampliamente aceptadas se rompen para dejar paso a las esencias. No hay condiciones en este pequeño trozo de tierra al norte de Ontario en la que tiene lugar la historia. Oso es asimismo comunión entre animales de distintas especies, demostración innegable de cómo estamos enlazados.

Lou es un ratón de biblioteca con una anodina vida “entre papeles amarillentos, su tinta parda y esos mapas que se desintegraban al desplegarlos”, con el único contacto físico de eventuales revolcones con su jefe. Un día su suerte cambia (como casi siempre ocurre) y le es encomendada una misión: acudir a la isla de Cary, propiedad de un militar fallecido que ha legado todo al Instituto Histórico en el que ella trabaja, y realizar un minucioso análisis de la excelsa biblioteca que se halla en la propiedad. Pero, ¡ah!, el elemento sorpresa. Cuando llega allí descubre que tendrá que convivir con un oso, al que también habrá de cuidar.

Una relación que nos cuenta, en el fondo, mucho más de lo que parece. Para verlo hay que ser capaz de leer entre líneas y seguir las sutiles estelas. Ya dijo Margaret Atwood que los animales en literatura siempre son símbolos y es así como hay que concebir al Oso de Marian Engel, algo abstracto que va mucho más allá de “la típica alegorización antropomórfica occidental. El oso juega un rol de catalizador de la percepción, productor de ideas, y, por consiguiente, transformador del mundo”. Así se expresa Alessandra Meoni en el trabajo académico “De-metaphorizing and becoming animal: when the animal looks back. A reading of Marian Engel’s Bear”.

Oso podría catalogarse como una novela de auto-conocimiento en la que la protagonista se sumerge en un complejo proceso de recuperación de su identidad. A ello le invita la coyuntura: está sola, en un reino solo suyo que comparte con un oso, rodeada de esos libros que tanto ama, sin verse condicionada por las normas sociales. Los límites entre lo que es humano y lo que es animal se desvanecen y todos los caminos son posibles. Ambos, oso y humana, van entrelazándose de una manera única, sin palabras, donde la conexión es potente pero al mismo tiempo no es mágica, lo cual la hace mucho más real. Y sí, aquí llega el punto categorizado como erótico en el que el acercamiento físico es una muestra más de esa profundidad, de ese vivir sin ley y de ese simbolismo en el que un oso no es sólo un oso. Es el Otro, la mirada necesaria en la que Lou se ve reflejada para poder trepar en su interior y salir a la superficie.

Marian Engel y el escándalo de Oso en 1976

Considerada una de las más elocuentes escritoras feministas de ficción del Canadá contemporáneo, Engel empezó Oso con el fin de escribir una novela erótica que le pudiese dar algo de dinero después de su divorcio, pero la obra tuvo vida propia y finalmente se convirtió en lo que hoy se considera una de las grandes obras de la literatura moderna. Publicada en 1976, por su carácter controvertido fue un completo escándalo. Quizá por eso no fue hasta 2015 cuando se publicó en español, de la mano de la editorial Impedimenta. A pesar de ello, fue premiada con el Governor General’s Literary Award en 1976.