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Arthur Conan Doyle estaba harto de su personaje literario Sherlock Holmes. Sus historias habían alcanzado una fama que el escritor no esperaba cuando publicó El estudio escarlata en “The Beeton’s Christmas Annual” en 1887. Una novela que había escrito en tres semanas y por la que cobró 25 libras esterlinas.

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En la consulta del doctor Conan Doyle las horas pasaban lentas. Pocos pacientes entraban en ella. Así fue como nació Sherlock Holmes, un genial detective pero arrogante, drogadicto, misógino, músico ambulante (con un stradivarius) y exactor. El escritor quiso dotar al personaje de rasgos odiados en la época victoriana. Pero el público se lo perdonó. Le perdonó todo a Sherlock Holmes, un sagaz investigador con un pensamiento policial inédito hasta esa fecha, en la que ni siquiera se había publicado ningún manual de experto en el área. Tanto furor causó este personaje, cuyas historias eran publicadas en la revista The Strand Magazine, que la gente enviaba miles de cartas al domicilio ficticio del detective en 221b Baker Street de Londres pidiéndole que resolviese sus problemas.

Cansado de que su propio personaje vampirizara su fama y le impidiese dedicarse a una literatura de mayor nivel, Arthur Conan Doyle escribió a su madre (cuyas lecturas durante su niñez apuntalaron sus maneras creativas) y le dijo que iba a matar a Sherlock Holmes. Ella le contestó diciéndole que él vería lo que hacía, pero que el público no lo entendería.

El escritor estaba tan decidido que ignoró el comentario y despeñó a Holmes junto a Moriarty por la catarata de Reichenbach, Suiza, en El problema final (1893). No quería saber más de él. 20.000 suscriptores se dieron de baja en The Strand Magazine al desaparecer estas historias, los lectores le escribieron cartas y cartas rogándole, suplicándole e insultándole; los editores trataron de convencer a Conan Doyle. Pero la decisión estaba tomada, no habría más Holmes.

Sin embargo, años después, Conan Doyle tuvo que claudicar y lo hizo con El perro de los Baskerville (1901), considerada una obra maestra, aunque se cuidó mucho de situar la historia antes de la muerte del personaje y de no dar explicaciones sobre este cambio de opinión. Finalmente, el personaje resucitó de pleno derecho en La aventura de la casa vacía (1903). Las presiones y las atractivas ofertas económicas consiguieron que el escritor volviese a la historia que le hizo célebre, a pesar de no tenerla él en gran estima.

He aquí que podemos hacer un ejercicio de imaginación que desemboque en reflexión desde el punto de vista de la creación literaria y del mundo de la comunicación:

¿Podría hoy Arthur Conan Doyle haber matado a Sherlock Holmes?

¿Y si 20.000 fans de facebook se hubiesen lanzado contra el escritor?

¿Tendría un acuerdo de continuidad con la empresa publicadora por la que tuviese que bajarse los pantalones ante este tipo de cuestiones?

¿Dónde queda ahora la libertad creativa?

Y, en realidad ¿dónde quedó entonces?

Quizá los billetes y la fama no entienden de épocas, pero sin duda, en este caso, fue una decisión acertada mantener con vida a uno de los personajes literarios con más fuerza de toda la historia. Tanto es así, que las influencias que ha dejado el investigador, 127 años después de publicarse aquella primera historia El estudio escarlata, son abrumadoras. Desde sociedades holmesianas, hasta inspiración para cine y televisión, amén de los más de 170 autores que intentaron copiarle. Elementary y Sherlock son dos de los ejemplos más recientes, pero tampoco hay que olvidar otros pintorescos como aquella serie de anime que los que crecimos en los 80 amábamos. En el fondo, todos queremos ser Sherlock.


Imagen de Toronto Public Library Special Collections

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