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La corriente bastarda del nuevo periodismo, aquel género que mezclaba novela y crónica ha sobrevivido mal a la era de internet. Quizá sea una cuestión de formato o quizá de esfuerzos, pero lo que es seguro es que no hay ni rastro de ella cuando lanzamos un puente al mundo a través de nuestra IP. Es algo que ya aseguró Tom Wolfe, uno de los máximos exponentes de este movimiento que nació en los años 60 para que el Periodismo dejase de vivir a la sombra de la Literatura. En su última visita a España, el periodista ya octogenario no sólo afirmó que la novela está muerta (al menos en Estados Unidos), sino que sentenció que no había ni rastro de nuevo periodismo en internet.

Wolfe es autor de obras como Ponche de ácido lisérgico. Aunque no es el más famoso de sus trabajos, es un interesante pero soporífero texto que narra los experimentos de Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, con las drogas psicodélicas, sobre todo el LSD y como un grupo de fieles le seguía en estas pruebas. Fruto de este ansia de conejillo de indias, Kesey y sus Alegres Bromistas (como se hacían llamar) recorren Norteamérica en un autobús de la droga en el que experimentaban con sus propias conciencias mientras intentaban agitar las de los ciudadanos. Fueron los protohippies que iniciaron la contracultura.

Una versión que al parecer Kesey nunca dio por buena, lo cual no quiere decir que no lo fuese. A menudo verse retratado en algo hace que la chispa de la realidad lo prenda todo.

Pero hablemos del mítico Truman Capote, cuyas ansias de cámaras y de pasar a la posteridad (¿por qué nos interesa lo que piensen cuando estemos muertos?) provocaron que muriese fagocitado por su propio éxito.

[blockquote] Sólo hay un único Truman Capote. No hubo nadie como yo antes ni habrá nadie como yo después de mi muerte[/blockquote]

Y es que seis años para escribir A sangre fría dieron para mucho: una exhaustiva novela que retrata el crimen perpetrado por dos personas, su descubrimiento y condena. Un tiempo durante el cual Capote (quien, por cierto, debe la sonoridad de su apellido a su padrastro cubano), trabajó sus fuentes a base de bien. Tanto que trabó amistad con uno de los asesinos, Perry Smith, lo cual no impidió que desease su muerte para la culminación de su trabajo novelístico realista.

Hay ideas que envejecen mejor y otros que se oxidan con el tiempo. Volver a leer estas novelas escritas en los 60 no hacen sino que corroborar lo segundo. Nadie niega el pulso que echaron al Periodismo tradicional, que no dejó de ver en estos periodistas-escritores una suerte de paraperiodismo, pero quizá estos tiempos no estén hechos para la exhaustividad más exhaustiva. Puede que todo sea cuestión de velocidades, pero el caso es que si Truman Capote levantara la cabeza…

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