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Como otras muchas cosas liberadoras de la historia, Simone de Beauvoir tuvo que nacer en París. Y a pesar de su educación católica desde muy pronto quiso cambiar el mundo. La universidad de Le Sobornne vio crecer aquella nueva luz que abriría paso en la sociedad y en el camino de la mujer, un sendero que todavía requería de un machete para abrirse paso entre la maleza. Allí conoció también a Jean Paul Sartre, el filósofo padre del existencialismo, con quien mantuvo una profunda relación intelectual y sentimental, donde la independencia fue siempre lo más importante. Un acuerdo que fue paradigmático: nunca se casaron, nunca vivieron juntos, mantuvieron otras relaciones paralelas y ella escribió que no se encontrarían tras la muerte.

Su relación fue una manifestación más de su forma de pensar, una manera de demostrar que creían en un mundo diferente, en otra organización social y familiar. No sólo era un órdago a las estructuras de las relaciones tal y como se concebían, sino que ella tampoco creía necesario vivir al amparo de un marido.

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Simone de Beauvoir y el feminismo

“La mujer no se nace, se hace”, es uno de los pensamientos que la escritoria y filósofa dejó para la posteridad. Su libro El segundo sexo, su obra más emblemática, gira alrededor de los muchos temas que atañen a aquellas personas que nacen con el cromosoma X adherido a su genética. El capítulo que mayor conmoción ocasionó fue el dedicado a la maternidad y el aborto.

Propietaria del pensamiento de que no hay nada eterno en lo femenino, que su papel no está predeterminado, sino que son roles sociales; fue apodada como “la mujer necesaria” por Sartre. Su lucha no pasaba sólo por conquistar derechos, sino por deconsturir el androcentrismo, el hecho de que el hombre sea tomado como referencia universal en representación de la humanidad.

Críticas

Deseosa del derrumbe del capitalismo y de pensamiento de izquierdas, el icono francés del feminismo fue también activa en sus ideas políticas. Las calles de París son testigo de ello, pues las recorrió en numerosas ocasiones con el fin de defender lo que pensaba en manifestaciones. Era sabido que tanto ella como Sartre estarían en esas protestas y los admiradores de sus obras y pensamientos acudían a la capital a comprar sus libros y a tratar de encontrarlos en ellas. Sin embargo, se les ha criticado que durante la Segunda Guerra Mundial, en la Francia ocupada, se dedicasen a encerrarse a escribir sin manifestar demasiadas inquietudes políticas.

A los mitos, esas personas a las que socialmente elevamos a la categoría de héroes, siempre les surgen acreedores y las palabras negativas hacia Beauvoir también han tenido su peso. Al pasar el tiempo, algunos consideran que junto a Sartre no fueron tan libres ni tan resistentes como parecía. De hecho, se toma como ejemplo la situación actual de algunas de las revoluciones comunistas que apoyaron en países como Rusia, Cuba, China o Vietnam: capitalismo salvaje o casos en los que la teoría y la práctica se han desencontrado irresolublemente. Sin embargo, algo de esto percibió ya la francesa en Malentendido en Moscú, manuscrito encontrado tras su muerte en el que habla del aburrimiento que devolvía la Unión Soviética a aquellos que alguna vez creyeron que podría ser una alternativa al capitalismo.

Política, intelectualidad, filosofía, la vida… La extraña pareja (como se les apodaba) resultó en todo esto un acuerdo abierto, público, nunca antes reconocido con tanta vehemencia y naturalidad. Ambos filósofos llevaron su forma de pensar y de concebir el mundo a todas las parcelas de su vida y demostraron que las normas clásicas pueden destruirse si uno está dispuesto. Un modelo cuyos representantes han dejado su firma y sello en esta tierra antes de no reunirse de nuevo.