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El imaginario colectivo ha asesinado toda posibilidad de éxito para cualquier aspirante a escritor. No es que lo haya hecho a conciencia, pero propagar la idea de vivir como una reina gracias a la escritura, dedicándose a una vida intelectual en la que apenas preocuparse por el dinero, ha sido un error que algunos pagan caro. Dedicarse en cuerpo y alma a la empresa de escribir nunca ha sido como nos imaginamos. De hecho, la pobreza y la escritura parecen tener un affaire que se mantiene en el tiempo.

Nos lo dijo Rosa Montero en la entrevista que le hicimos en OntheRecord:

“En primer lugar, si quieres ganar dinero, ¡no te hagas escritor!. Y luego, prepárate para vivir muchas amarguras y zozobras. La inmensa mayoría de los escritores tiene una vida muy dura: sin lectores, con malas críticas o aún peor, sin críticas, y a menudo sin editores que te publiquen…. Y eso al margen de tu calidad. Conozco escritores buenísimos que lo están pasando fatal. En general, ser escritor es bastante humillante”.

Carreras tan veneradas como la de Gabriel García Márquez, que nos ha dejado recientemente, también tuvieron épocas muy duras, como cuenta en su autobiografía Vivir para contarla:

“Mi único trofeo providencial fue la carpeta de piel de ternera del salón de té más caro de la ciudad, que me sirvió para llevar mis originales bajo el brazo en las muchas noches de los años siguientes en que no tuve dónde dormir”.

“De vez en cuando alguna pajarita nostálgica de papá nos invitaba a dormir con el poco de amor que le sobraba al amanecer. Una de ellas, cuyo nombre y tamaños recuerdo muy bien, se dejó seducir por las fantasías que le contaba dormido. Gracias a ella aprobé derecho romano sin argucias y escapé a varias redadas cuando la policía prohibió dormir en los parques”.

Apostar por escribir nunca ha sido una idea segura, más bien todo lo contrario. Probablemente uno lanza este órdago con la idea del “ahora o nunca” o pensando que sólo se vive una vez. Muchos escritores trabajaban en otras cosas mientras escribían y publicaban en algunas revistas. Es el caso de Bukowski (el tipo de la imagen, para quien no lo conozca), que deambuló durante muchos años por empleos temporales y más tarde estuvo once años en la oficina de correos, que dejó con el siguiente pensamiento:

“Tengo dos opciones, permanecer en la oficina de correos y volverme loco… o quedarme fuera y jugar a ser escritor y morirme de hambre. He decidido morir de hambre”.

O George Orwell, en una vida de periplo que le llevó incluso a luchar en las Brigadas Españolas en la Guerra Civil, trabajó como lavaplatos en París durante una temporada, tras la cual, regresó a casa de sus padres, enfermo y sin dinero.

J.K. Rowling escribió la primera novela de la saga de Harry Potter gracias a las ayudas sociales, en un momento personal particularmente malo. Hoy es uno de esos raros casos en los que su trabajo como escritora le permite una vida holgada gracias a todo lo que ha rodeado a sus novelas: películas, videojuegos, merchandaising…

Creadores bestsellers como Haruki Murakami no se dedican sólo a la escritura (en la que igualmente invierten muchas horas), sino también a dar clases en la universidad. Y yendo un poco más lejos en la cronología de su vida, escribía por las noches cuando cerraba su bar de jazz en Tokio. Pura necesidad.