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Desde que era un bebé dormía poco. Mi padre aún recuerda cómo lanzaba sus preciados libros contra las paredes de la frustración que sentía, mientras el vecino gritaba: “¡Que se calle esa niña!”. Con el tiempo, la cosa tampoco mejoraba y la niña no sólo no se callaba, sino que no se dormía. Creo que por eso tengo unas ojeras permanentes, que no se marchan con ninguno de los remedios.

La salvación llegó en forma de libro. Resulta que leyendo me quedaba tranquila y me entretenía descifrando aquellas misteriosas letras que contaban historias. Así que después del colegio, mi madre me impartía un intensivo de lectura y yo, rauda y veloz, aprendí a leer antes que el resto de mi clase por pura necesidad. Recuerdo que mi hermano siempre quería dormir y yo, leer. Las peleas por apagar la luz empezaron a ser constantes y mis padres me pusieron un foquito justo encima del cabecero, para que yo leyese hasta que me venciera el sueño. Fue la fórmula mágica para que ellos pudieran volver a dormir después de cuatro años y pico.

 

A los seis años me fascinaban Los Mundos de Yupi, aquella serie en la que dos extraterrestres compartían aventuras con un grupo de humanos, así que escribía mis propios capítulos con las ideas que me venían a la cabeza en el papel que no servía de aquella impresora de mi padre que parecía un robot del futuro.

Leía todo lo que caía en mis manos, me terminaba las bibliotecas de los coles en los que estaba, me daban premios de lectura… Cuando tuvimos una casa un poco más grande, mi padre recuperó sus libros de juventud, entre los que se encontraban aquellos de Los Cinco, Alfred Hitcock, Agatha Christie… ¡Ah, fue mi perdición! Por esa época, no recuerdo porqué motivo, leí también la serie de Trixie Belden. Incluso empecé  a escribir mis propias historias con nombres de protagonistas en inglés (John, Kelly…you know), una pandilla de preadolescentes que vivían múltiples aventuras repletas de misterio.

Desde el primer momento, me fascinó escribir, volcar todo lo que se me pasaba por la cabeza en un papel, aunque con él lo único que hiciera fuera un rollo, ponerle una goma y meterlo en mi cubo de las historias. Mi tío abuelo Humberto fue el principal culpable de que yo pensase en escribir. Nos sentábamos juntos y componíamos historias. A los 12 años, escribí una historia más completa que él editó (ampliamente) y encuadernó de forma artesanal. Mucho más tarde, recuerdo que nos entreteníamos en una aburrida boda elaborando un cadáver exquisito en los menús de las mesas.

 

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Cuando ya me había leído casi toda la colección de Barco de Vapor, Ala Delta y todos los libros que me iban regalando (que no eran pocos, al salir del dentista mi madre no me compraba un helado, sino un libro) y ya rondaba los 14 años abrí la veda adulta con aquel El Mundo de Sofía y empecé a preguntar a mi padre qué libros creía que toda persona debía haber leído en su vida. Así, en la pequeña biblioteca de casa, él me iba sacando cinco o seis libros que yo me llevaba a mi habitación y consumía con fervor. Con esta dinámica me leí libros como 100 años de soledad (y después todo lo que tuvimos de Gabriel García Márquez hasta que empecé yo a comprármelos), las historias de Don Camilo, 1984, Farenheit 451, cuentos de terror…

Me dijeron: “Si quieres ser escritora, tienes que estudiar Periodismo”. Y pensé: “¡ah, vale!”. Pero lo cierto es que en mi cabeza nunca estuvo el ser periodista pura, sino simplemente escribir. Creo que para volver a la esencia que somos y tener claro qué es lo que nos hace felices en la vida debemos echar la vista atrás y hacernos algunas preguntas.

¿Qué es lo que te encantaba hacer de pequeño?

¿Por qué estudiaste la carrera que estudiaste?

Y, ahora, una pregunta clave: Si te dijeran que te quedan 6 meses de vida, ¿Qué harías?

Seguramente, reflexionando sobre estos tres interrogantes tendrá más clara tu misión en este mundo.